Documentos — 15 octubre, 2010

12 de Octubre: el relato histórico del colonialismo. Por Maximiliano Mendoza

Por Maximiliano Mendoza

Algunas reflexiones sobre el ejercicio de contar la historia y sobre cómo se justifican los nuevos colonialismos

“ (..) Y porque la carabela Pinta era más velera e iba delante del Almirante, halló tierra e hizo las señales que el Almirante había mandado. Esta tierra vido primero un marinero que se decía Rodrigo de Triana (…).”
Del fragmento del diario de navegación de Cristóbal Colón, Jueves 11 de octubre de 1492

…Pero al día siguiente, los modos de concebir al mundo cambiarían para siempre. O mejor dicho, algunos modos de concebir al mundo serían sacrificados para someterse a un solo modo de concebirlo, a un solo modo de decirlo, de relatarlo. Abya Yala ingresaba así, forzadamente, a la dimensión de la occidentalidad, al relato único de la historia universal. Comenzaría así, el despliegue histórico del sistema-mundo 1.

La historia, como afirman muchos, es un cuasi-ritual, sencillamente un relato de los hechos que consideramos memorables, tal vez en función de comprender la situación actual en la que nos encontramos y evitar repetir los errores que dentro de esa trama encontremos. Bien. Podríamos seguir y afirmar que probablemente la caracterización clásica de esta disciplina dada en llamar “historia” descanse en estos presupuestos. Pero ¿Qué pasaría si empezásemos a ver que la memoria, el lugar donde supuestamente se registran los hechos que deben recordarse, empieza a ser administrada por una suerte de “mesa de entradas“? ¿Qué pasaría si dentro de ese depósito de archivos alguien empieza a seleccionar lo que debe recordarse y lo que no a fin de que sólo podamos recurrir a lo que queda? ¿No sería este hecho fantástico una probable intentona de arrebatarnos el registro de hechos que tal vez comprometan a alguien o a un grupo? ¿No sería pues ese administrador, un sujeto que trabaja para lo im-propio, para lo extraño, para lo ajeno a nosotros mismos? De ser así, ¿No correríamos un serio peligro al entregar a alguien que no conocemos el registro de los hechos que deberían recordarse? Bien, pues aproximadamente así funciona esa administración de lo memorable, y así es como nosotros, al intentar saber quiénes somos y de dónde venimos, tenemos que recurrir sólo a lo que nos queda en esa memoria apropiada por algún sujeto que no nos permite tener un acceso irrestricto a lo que nos pertenece.

Pues bien, así funciona el arte de relatar la historia. Un grupo de poderosos se apropió de la realidad, y empezó a moldearla según sus intereses. Así también moldeará el relato histórico que justifique su situación de poder dominante. La casi perogrullesca frase que reza “la historia la escriben los que ganan” encierra este mecanismo: la historiografía es un ritual destinado a legitimar la dominación de un grupo (o de varios) por sobre otro(s). Así, pues, la peculiar dimensión histórica de los pueblos que habitaban Abya Yala es interrumpida violentamente por el invasor, quien se encargará de elaborar una narrativa que justifique este accionar.

Desde el mismísimo punto de partida, la historia oficial nos enseñó que el 12 de octubre de 1492 fue el glorioso día del “Descubrimiento de América”. Es decir, no se nos dijo que fue una anexión forzada al devenir occidental; no se nos enseño en las escuelas que fue una apropiación violenta del imperio español. La trama íntima del relato colonizador tiene sus antesalas sólo al nominar el hecho como un “descubrimiento”, puesto que “descubrir” supone un “permitir ser” en términos de libertad y autodeterminación. A Abya Yala no se le permitió ser en virtud de su particular devenir histórico, ya que la vieja Europa se la apropió, se la subordinó, se la incorporó.

Naturalmente, el relato histórico necesita edificar a los sujetos que van a formar parte de su trama. Necesita tipificarlos, definirlos, delinearlos; construir un tipo ideal de sujeto cuyo accionar histórico se ajuste a un factor extra-humano, que trascienda a la individualidad. Como bien señala el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro 2, el relato historiográfico apeló a dispositivos como las “imágenes salvíficas” que legitimaban el accionar del “Imperio Mercantil Salvacionista”. En este sentido, es acertada la observación del filósofo argentino Mario Carlos Casalla, al señalar la relación entre la tipificación del sujeto invasor como así también el sentido de su accionar: “(…) Se trata de un acto heroico del caballero cristiano-occidental lanzado hacia el Oriente en aras de un ideal; o la tarea perseverante de un grupo de visionarios, verdaderos revolucionarios del pensamiento científico de su época. Tanto en uno como en otro caso, el hecho histórico es presentado como un acontecimiento espiritual en virtud de la cual la civilización penetra y fecundiza a la barbarie.”3 Así, la realidad latinoamericana como un producto histórico se fundamentara en dos hechos básicos para comprenderla en su actual complejidad: la interrupción de su historicidad particular y la subsunción de su humanidad a la categoría de objetos apropiados, operación que se ordenará según lo que hoy conocemos como colonización.

La Iglesia Católica edificará sutilmente el soporte ideológico de la conquista, mediante una suerte de aggiornamiento teológico conforme al espíritu de la época. Muchas teorías adquirirán una nueva significación dada la densidad histórica del momento. El canonista Enrique de Susa 4, obispo Ostiense del siglo XIII, afirmará que “los pueblos infieles poseían jurisdicciones políticas antes del advenimiento de Cristo, pero producido éste, todo le fue transferido en su carácter de Señor espiritual de la Orbe. Dicho patrimonio será heredado a posteriori de su muerte por sus sucesores: los papas”. Estas premisas serán reformuladas por Juan López de Vivero Palacios 5 y Rubios, jurista de la corte española durante el reinado de los Reyes Católicos, quien adaptará estas tesis al marco jurídico del que precisaba la empresa conquistadora. El propósito era demostrar que la corona española, desde el punto de vista teológico y legal, venían a América a hacerse cargo de una herencia; lo cual echaba por tierra cualquier acusación de usurpación o conquista. “Pues, reconociendo la superioridad moral de San Pedro, permitió que su trono estuviera en cualquier otra parte del mundo, y juzgar y gobernar a todas las gentes, cristianos, moros, judíos, gentiles y de cualquier otra secta o creencia que fuesen. El Papa, en tanto señor del mundo, donaba a la corona española las islas y tierra firme del mar océano”. 6

Así, la empresa colonial de los Reyes Católicos adquiría sus fundamentos, su dialéctica, su espiritualidad. Estas matrices ideologizantes, sutilmente formarán parte de las historiografías que los países latinoamericanos adoptarán como los relatos oficiales del descubrimiento del Nuevo Mundo. La tragedia originaria del hombre americano, su punto de partida, la de su ser conquistado, quedará invisibilizada o negada de las narrativas oficiales. Poco escándalo causará, pues, el dato de que sólo al cabo de 150 años de la apropiación de Abya Yala, el genocidio se había cargado las vidas de más de 85 millones de personas.

Desde luego, la expansión del imperio durante los años siguientes, será igualmente sangrienta. En nuestro país, muchos años tendrían que pasar para que ciertos hechos fueran cuestionados. El proyecto identitario de la generación del ’80 costaría la vida de centenares de miles de indígenas muertos, pero tuvieron que pasar muchas décadas para que los antropólogos, etnólogos, historiadores y científicos en general se despojaran de las anteojeras coloniales y se atrevieran a mirar la realidad desde el aquí nomás, como decía Jauretche. Mucho tiempo pasaría para que ciertos hechos, tremendamente aberrantes como el genocidio perpetrado por Julio Argentino Roca o como la masacre de los Pilagá -tan sutilmente ocultada por algunos sectores peronistas-, pudieran salir a la luz y ser vistos en su cabalidad.

La trama del colonialismo aún continúa. Como todo proceso es dinámico, y adquirió nuevas formas, nuevos relatos, nuevas imágenes; y por sobre todas las cosas, adquirió nuevos sujetos.  No hay capitalismo sin colonialismo, y no hay colonialismos sin genocidios. ¿No será tan fácil el advertir que el sojuzgamiento de nuestros pueblos y de nuestra madre tierra por parte del modelo económico de las transnacionales extractivistas forma parte de la lógica del exterminio en el siglo XXI? ¿No advertiremos que la legitimación de esta continuidad del colonialismo aún sigue siendo sustentada por las matrices ideologizantes que fundamentaron los relatos históricos oficiales? ¿Acaso las ideas propias de la “civilización”, como el “progreso” y el “desarrollo”, no forman parte de las narrativas que buscan la aquiescencia de los pueblos a los que se pretende colonizar? Preguntas tan complejas en su formulación pero tan simples en su contexto: la continuidad del colonialismo como un modo actual de entender nuestra triste historia.

1 Véase Immanuel Wallerstein, El moderno sistema mundial, Ed. Siglo XXI, 1980.

2 Véase Darcy Ribeiro, “Las Américas y la Civilización”, CEDAL, Buenos Aires, 1969.

3 Véase Mario Carlos Casalla, “Razón y liberación: notas para una filosofía latinoamericana”, Siglo XXI, Buenos Aires,  1973.

4 Prelado italiano del s. XIII, diplomático e influyente canonista. N. en Susa (Segusia, dióc. de Turín) hacia 1200. M. el 25 oct. o el 6 nov. 1271. Fue prior de Antibes, obispo de Sisteron (1243) y arzobispo de Embrun (1250), por donde se le conoce también con el sobrenombre de Ebredunensis y también con el de Archiepiscopus. En 1251-52 fue a Alemania con una misión en favor de Guillermo de Holanda. En 1259 fue a Treviso con otra legación contra el gibelino Ezzelino. Fue nombrado cardenal-obispo de Ostia en 1262, por lo que es conocido también con el sobrenombre de Hostiensis.

5 Juan López de Palacios Rubios (1450 – 1524) fue un jurista español cuyo verdadero nombre es el de Juan López de Vivero. Es el redactor del famoso “Requerimiento” que lleva su nombre, leído durante la Conquista de América a los indígenas, conminándoles a someterse pacíficamente. En el texto se les informaba a los nativos que eran vasallos del monarca castellano y súbditos del papa y, en el caso de que opusiesen resistencia se les anunciaba que serían sometidos por la fuerza y convertidos en esclavos.

6 Véase Mario Carlos Casalla, “Razón y liberación: notas para una filosofía latinoamericana”, Siglo XXI, Buenos Aires,  1973.